La jovencísima actriz Verónica Echegui ha recibido su tercera nominación a los premios Goya por parte de la Academia de Cine por su interpretación en la última película de Icíar Bollaín titulada Katmandú, un espejo en el cielo. La entrega de premios se celebrará en Madrid el domingo 19 de febrero (una semana antes que los Oscar). Entre tanto, Almodóvar se ha quedado sin el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa, pero el director manchego es el gran favorito para los Goya. No habrá paz para los malvados ha conseguido 14 nominaciones, dos menos que La piel que habito. Urbizu se fue con las manos vacías en la pasada edición del Festival de cine de San Sebastián cuando su cinta era una de las favoritas para hacerse con la Concha de Oro y muchos críticos (como Carlos Boyero, por ejemplo) denunciaron la decisión que tomó el jurado presidido por Frances McDormand.
La actriz madrileña es una de las candidatas para hacerse con el premio de mejor interpretación femenina, pero enfrente tendrá grandes actrices como Salma Hayek (La chispa de la vida), Inma Cuesta (La voz dormida) y Elena Anaya (La piel que habito). Este año el cineclub Kresala de San Sebastián celebra su 40 aniversario y los organizadores piensan seguir ofreciendo películas que no se pueden disfrutar en ningún otro sitio. Ayer se proyectó la primera y hasta ahora única película que ha dirigido el donostiarra Gorka Merchán titulada La casa de mi padre, que se estrenó en el Festival de cine de San Sebastián del 2008 y que aún no está disponible en DVD.
Verónica Echegui es una de las actrices del reparto y junto a ella aparecen actores de la talla de Carmelo Gómez, Emma Suarez, Álex Angulo o Juanjo Ballesta. Al parecer la película trata sobre el conflicto vasco, pero eso sería quedarse corto, ya que es una película fascinante y emotiva que nos habla sobre la fuerza del amor. En esta gran y honesta película no hay ni buenos ni malos, solamente aparecen personas, personas que sufren o que han sufrido la violencia en sus propias carnes. Personas que son incapaces de ver más allá de su propio odio. Y casi todos han terminado demonizando al enemigo, al otro, y no se atreven a dar el paso para conocer y comprender lo que sienten los demás. La película nos habla de los grandes temas que nos afectan a todos; la ideología no es importante, lo que nos hace verdaderamente humanos es la capacidad de amar que poseemos cada uno de nosotros. El amor puede con todo, pero el amor fácilmente se convierte en odio. Txomin Garai (interpretado por Carmelo Gómez) personifica la esperanza, la convivencia y el triunfo del amor sobre la barbarie y la incomunicación. Aunque la historia esté situada en algún lugar de Euskadi, es una película universal. La gran virtud del trabajo de Merchán es que la película rebosa humanidad y construye personajes creíbles y complejos. Aunque la violencia de los etarras está más presente que la del estado, es una película que tiene por objetivo denunciar la sin razón de la violencia.
El amor es lo que nos puede salvar de la barbarie, pero también es el que nos puede llevar por el mal camino. Todos podemos convertirnos en Darth Vader. El amor es peligroso y se puede matar por amor a la patria o también se puede matar por querer vengar a tus seres más queridos. En este conflicto no hay vencedores ni vencidos, sólo existen personas que sufren. Todos somos culpables, todos somos responsables de la situación. En la guerra nadie gana, todos pierden. Cuando el odio es más intenso que el amor todo está perdido. No se podrán cerrar las heridas hasta que no admitamos sinceramente que el otro sufre y ama como lo hacemos nosotros. El único modo de superar el conflicto es humanizar al enemigo y cuando la dicotomía ellos/nosotros y buenos/malos desaparezca podremos empezar a construir otras relaciones y otros espacios para que todos tengamos nuestro sitio en la sociedad. Merchán tenía mucha razón. Nunca hay que perder la esperanza. Cuando se estrenó La casa de mi padre ETA seguía existiendo y no hay duda que a día de hoy estamos mejor que ayer, ya que los terroristas anunciaron el 20 de octubre del año pasado que dejaban definitivamente las armas.
Sundance es a día de hoy el festival de cine independiente más importante de todo el planeta. A partir del próximo jueves día 19 todos los medios de comunicación del globo y las productoras más poderosas de Hollywood estarán muy atentos de todo lo que suceda en el prestigioso certamen que se celebra todos los años a finales de enero en Park City y sus alrededores (en el estado de Utah). Es un certamen que ofrece muchas posibilidades para que las grandes distribuidoras y productoras descubran alguna joya que no tenga distribuidor y así obtener enormes beneficios gracias a una película hecha con un muy ajustado presupuesto. Cineastas de la talla de los hermanos Coen, Soderbergh, Tarantino y Kevin Smith, por citar algunos, fueron descubiertos en Sundance en los 90. Sundance es el escaparate perfecto para la gente que aspira a trabajar en la meca del cine. Los peces gordos de Hollywood no querrán perderse nada de lo que ocurra durante el festival y su objetivo será repetir el enorme éxito que cosecharon cintas como Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), Slumdog Millionaire (Danny Boyle y Loveleen Tandan, 2008) o Precious (Lee Daniels, 2009).
Los nuevos talentos necesitan financiación para poder llevar a cabo sus proyectos y para que sus películas puedan llegar a estrenarse algún día. Y Hollywood estará en Sundance para apadrinar a los jóvenes que tengan un prometedor futuro por delante. El festival durará 10 días y en todo ese tiempo se podrá ver una buena muestra del cine independiente actual. El reconocido cineasta salmantino Rodrigo Cortés estrenará su nueva película titulada Red Lights después de haber arrasado en la edición de hace dos años con la magnífica Buried (Enterrado) protagonizado por el actor Ryan Reynolds. También ha sido seleccionado el último trabajo del español David Trueba. Su Madrid, 1987 se pudo ver en la pasada edición del festival de San Sebastián. El jurado estará compuesto por 22 personas y entre ellas estará Helen Fisher, la famosa antropóloga que ha estudiado el sentimiento amoroso y que es autor de libros como Anatomía del amor y El primer sexo. La entrega de premios se celebrará el día 28 y para presentar la ceremonia de este año han elegido a la actriz y escritora Parker Posey conocida en su país por ser la reina de los indies.
Además parece que en Sundance todo va viento en popa ya que Redford anunció que a finales de abril se celebrará la primera edición de Sundance London donde se podrán ver las películas proyectadas en Utah. Pero esto no ha sido siempre así. Hace algunos años nadie iba a Sundance. Parecía que era un sitio maldito, y la estación de esquí (propiedad de Robert Redford) no era un negocio nada rentable. Sólo iban allí unos locos que participaban en los talleres que organizaba el instituto Sundance que había sido creado por el propio Redford para ayudar y enseñar a los jóvenes que querían dedicarse al cine. Cada mes que pasaba las facturas se amontonaban en la mesa y parecía que el espíritu Sundance iba a extinguirse poco a poco sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Al parecer Sundance no tenía nada que ofrecer a la sociedad. No tenía ninguna influencia en la sociedad estadounidense. Para decirlo más claramente, Sundance ni siquiera existía para la gran mayoría. Tampoco el clima (la nieve, para ser más exactos) estaba del lado de aquellos idealistas que defendían un cine combativo porque la estación de esquí solía estar desierta la mayoría de las veces. No había nieve cuando se abría la temporada de esquí y por ello casi no tenían clientes. Los únicos clientes eran los que venían a participar en los talleres de cine. En los bungalows solía hospedarse la gente que acudía a los talleres. La gente prefería ir de vacaciones a Aspen (Colorado) antes que ir a Park City.
Redford creó el instituto para apoyar a gente que no se identificaba con el cine hecho en Hollywood y todos los veranos organizaban talleres donde acudían jóvenes ansiosos por aprender a hacer cine. En 1985 Redford se hizo cargo de la renqueante US Film Festival con el propósito de dar a conocer las películas de esos jóvenes realizadores. Las películas que se proyectaban en Sundance nunca se estrenaban en ningún otro sitio. Parecía que Sundance era un agujero negro ya que las películas que se estrenaban allí desparecían sin dejar rastro. Las empresas independientes como Cinecom o Samuel Godwyn Company no estrenaban sus películas en Sundance por temor a que quedaran estigmatizadas de por vida. La marca Sundance no era atractivo para la industria. A finales del año 1988 parecía que Sundance no tenía ningún futuro. La organización liderada por Redford había llegado a un callejón sin salida y había que tomar medidas urgentes. Al final la organización tomó la decisión de colaborar con los grandes estudios de Hollywood. No podían hacer frente a las majors y la única opción para poder seguir adelante era colaborar con ellos.
Algunos pensaron que aquello era el fin y que habían acabado vendiéndose. Pero para otros fue una liberación. La tiranía de los ortodoxos había llegado a su fin. Cada uno entiende el cine a su manera y los ortodoxos estaban convencidos de que sólo había dos formas de hacer cine: la suya o la del eterno enemigo (Hollywood). Sundance había apoyado el cine de arte y ensayo en sus inicios, pero ese cine no gustaba a nadie. No tenía ninguna influencia en la sociedad. Y si los revolucionarios pretendían cambiar el mundo no lo iban a conseguir haciendo esas películas banales, pretenciosas y aburridas. Da igual la causa en la que creas, no eres nadie si no llegas a compartir tus ideas con la gente. Hay que atraer a los espectadores, no torturarlos y despreciarlos. El huracán Quentin arrasó con los prejuicios de la vieja guardia de Sundance y el cine independiente fue liberado de sus ataduras. El cine independiente debe ser reflejo de la diversidad de la sociedad humana.
Acaba de estrenarse el (esperado) remake de Straw Dogs (Perros de paja, 1971) dirigido por el cineasta estadounidense de origen israelí Rod Lurie. Lurie antes de convertirse en director de cine había sido oficial del ejército de los Estados Unidos y después de su ejemplar carrera como militar empezó a trabajar como periodista y crítico de cine. Colaboró en distintos medios, como por ejemplo, Premiere y Entertainment Weekly. En 1995 publicó el libro titulado Once Upon a Time in Hollywood y su debut detrás de las cámaras llegó cuando dirigió el thriller de temática nuclear llamado Deterrence (1999). Además de dirigir suele escribir sus propios guiones y el remake del clásico de Sam Peckinpah no ha sido una excepción.
La mayoría de la gente piensa que este tipo de proyectos sólo son para sacar dinero a los ignorantes que no saben nada acerca de la historia del cine. Los más críticos piensan que los peces gordos de Hollywood no tienen ninguna idea en la cabeza y parece que los remakes, las interminables y lucrativas continuaciones de las sagas como Twilight (Crepúsculo) y las adaptaciones de cómics, videojuegos y grandes clásicos de la literatura como Jane Eyre son el mejor ejemplo de ello. Para los más excépticos Hollywood no tiene nada más que hacer que esperar al apocalipsis que está por llegar. Las malas lenguas suelen afirmar que a los grandes estudios les sobra el dinero, pero que les falta creatividad. Pero aparte de querer hacer taquilla, hay muchas razones para explicar este fenómeno. Primero hay que poner en cuestión la absurda dicotomía que existe entre los conceptos original y copia. En este mundo no existe nada que sea original, aunque la sociedad humana sea rica y variada hay sentimientos e ideas universales que son parte intrínseca de nuestra naturaleza como especie animal. Los antropólogos han intentado definir lo que nos hace humanos y el gran maestro francés Claude Lévi-Strauss llegó a la conclusión de que hay conceptos que son universales: la reciprocidad, la prohibición del incesto y la idea de lo sobrenatural.
Antes de la Ilustración no existía el concepto de los derechos de autor. El admirado dramaturgo inglés Shakespeare no tenía reparos en copiar y en plagiar las obras de sus artistas favoritos (Roland Emmerich ha puesto en duda la autoría de las obras atribuidas al inglés en su última cinta titulada Anonymous). Las ideas no son propiedad de ningún individuo, cuando son publicados pasan a formar parte de la cultura humana. En la época en que no existía la imprenta, el plagio era el único modo de conocer a otros artistas y filósofos que no estaban al alcance de la mayoría de la sociedad. Entonces se puede afirmar que el progreso depende del plagio. Sin plagio no habría comunicación entre diferentes individuos y culturas y si la comunicación falla el otro se puede convertir en enemigo.
Por otra parte, el término plagio no tenía la connotación que tiene hoy en día porque estaba bien visto en aquella época. Se aceptaba de buen grado, al fin y al cabo el que plagia está poniendo en valor el texto original. Es una especie de homenaje y de agradecimiento por el esfuerzo de crear una obra tan sugerente y atractiva y me imagino que el autor de la obra original (si estaba aún vivo) se sentiría muy orgulloso de aportar algo valioso a la sociedad. En los años 60 Julia Kristeva acuñó el término de intertextualidad para decir que todos los textos son resultado de otros muchos textos. Cada texto tiene su origen en la tradición que hereda cada individuo y como tal es una narración repetida miles de veces. Hoy en día gracias al conocimiento adquirido en el campo de la ciencia y de la tecnología se ha puesto en cuestión la existencia de Dios. Nietzsche fue el primero que tuvo la osadía de afirmar que Dios estaba muerto. Ahora los fanáticos de Peckinpah o Hitchcock (el remake de Psycho suscitó una gran polémica en su momento) quieren hacernos creer que Dios sólo hay uno.
En esta sociedad casi todo es relativo, pero para algunos religiosos y algunos cinéfilos reaccionarios es un sacrilegio hacer un remake de obras maestras. Rod Lurie ha querido ofrecer su versión de la historia que contó en su día el sanguinario Sam y cada uno podrá elegir con quién se queda. No pasa nada, porque la copia será vista por adolescentes y personas incultas que merecen nuestro desprecio. Ninguna versión es mejor que la otra, ya que cada espectador tiene sus propios gustos. Hasta que no llegue el momento de que quieran hacer un remake de alguna película de Tarantino podré dormir como un bebé. Mi Dios es todopoderoso y nunca me abandonará. Rezo todos los días para que eso nunca suceda.

Hasta que llegaron los Weinstein ninguna empresa independiente era capaz de competir con un grande. Los grandes no sólo se quedaban con casi todo el pastel, sino que se llevaban todos los Oscar. Las estrellas organizaban banquetes y fiestas en sus lujosas casas en Brentwood o Bel Air para los miembros de la Academia y de ese modo se aseguraban los premios. El sector independiente no podía permitirse ese lujo, sólo publicaban una nota en el periódico cuando se estrenaba una película y siempre confiaban en el boca a boca. Para los independientes el primer fin de semana solía ser el más flojo, y aunque no podían proyectarla en muchas salas, confiaban en el buen gusto de la gente. Los Weinstein eran unos monstruos y unos tiranos, pero hay que reconocer que tenían muy buen olfato para los negocios. Estaban dispuestos a pagar a los productores mucho más de lo que les ofrecían las otras empresas y así se quitaban la competencia de encima. Cerrado el trato el productor y el director quedaban encantados, pero enseguida surgían los problemas. Los Weinstein nunca querían pagar lo acordado. Empezaron distribuyendo las películas que no quería nadie, pero en el arte de vender eran muy buenos. Recurrían a todo tipo de estrategias para promocionar la película; utilizaban el sexo y la violencia para atraer a la audiencia y creaban la polémica siempre que podían. Vendían películas artísticas y de prestigio como si fueran películas de Hollywood.
Pelle el conquistador (Bille August, 1987) era una película deprimente y oscura, pero los Weinstein la promocionaron como si fuera una película de acción. Gracias a sus engaños sus películas se proyectaban en los multicines y así podían ganar mucho más dinero. Su falta de escrúpulos y su desmedida ambición hicieron que el cine independiente se hiciera visible y que los grandes actores de Hollywood quisieran trabajar en la emergente y atractiva industria indie. Harvey Keitel puede ser un buen ejemplo de ello; participó en la producción de Reservoir Dogs (1992) y no sólo eso, sino que también interpretó a Mr. White.
No obstante, Sex, Lies, and Videotape (Steven Soderbergh, 1989) fue la película que puso a Miramax en el mapa. En aquellos días Sundance no tenía ninguna influencia en la industria y casi nadie asistía al festival. El cine independiente que apoyaba Sundance no era de interés para la gran mayoría de la sociedad. Sundance se apropió del término independiente y parecía que el cine de arte y ensayo era lo único que un independiente podía hacer. Las películas eran la mayoría de las veces aburridas y pretenciosas, y normalmente no destacaban por su calidad. Defendían los derechos civiles y políticos, y su manera de ver el mundo era incompatible con la narración convencional. Defendían un lenguaje propio y pensaban que las películas tenían que estar hechas de una manera política. Pensaban que el entretenimiento y el espectáculo eran cosa del diablo, y por ello, hacían películas que no se podían ver en las salas comerciales. Pero en esta vida las buenas intenciones no bastan y lo único que conseguían era que el cine independiente fuese algo marginal y exclusivo.
Eso cambió radicalmente con la llegada de los Weinstein y el cambio de rumbo que tomó la dirección de Sundance en los años 90. Con la primera película de Soderbergh el cine independiente empezó a anunciarse en televisión y gracias a los Weinstein a partir de esa época pudo verse ese tipo de cine en multicines. A finales de los 80 el cine independiente ya tenía asegurado su público. Después de que Reservoir Dogs se estrenara en Sundance en medio de una gran polémica permitió que el cine independiente se renovara totalmente. Fue un huracán que se llevó por delante todo lo que se encontró. Arrasó con todo y los independientes que se aferraban a los viejos prejuicios y dogmas no pudieron impedir la revolución que propiciaron los jóvenes que venían pisando fuerte. La nueva ola era imparable.
La ola fue tal que los grandes estudios vieron peligrar su hegemonía; por citar un ejemplo, Pulp Fiction ganó más de 100 millones de dólares y marcó un hito en el negocio indie. Aunque parecía imposible el primer fin de semana arrasó en taquilla. No era sólo una película, fue mucho más que eso. El impacto social y cultural que tuvo el cine de Tarantino fue tremendo y no hay duda que los Weinstein siempre estarán en deuda con el chico malo de Knoxville. Tarantino se convirtió en el Mickey Mouse de Miramax y gracias a su éxito pudo hacer todo lo que quiso desde entonces. Y además Pulp Fiction obtuvo 7 nominaciones de la Academia (al final sólo ganó en la categoría del mejor guion original, pero eso es lo de menos). Los de Miramax fueron los únicos que de verdad creyeron que se podía acabar con Goliat y los 60 Oscar que tienen en su haber dan fe de ello. El año pasado el Oscar a la mejor película fue para la británica The King’s Speech distribuida en Estados Unidos por los Weinstein y en febrero, sin ir más lejos, también pueden hacer historia con The Artist.
El cine independiente se define como un cine que no está hecho en Hollywood, pero el cine como la vida misma puede entenderse de muchas maneras. El cine tiene que ser plural y muy variado y de ninguna manera puede quedarse encallado. No existe una única forma de entender y hacer cine; cada uno tiene que encontrar su camino. El cine tiene que ser testigo de la gran diversidad que existe en cada sociedad y en el mundo, y no puede negar y ocultar la realidad con la excusa de una buena causa. Tarantino les dio una buena lección a esos viejos fascistas que pensaban que con aburrir y torturar al público podían cambiar el mundo. Nada más lejos de la realidad. La resaca del 68 había terminado, era la hora de enfrentarse al mundo real. El mundo cambia rápidamente y hay que buscar nuevas soluciones a los problemas actuales.
Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994)
La historia reciente del cine independiente estadounidense no se puede entender sin tener en cuenta la poderosa distribuidora Miramax y el festival de cine de Sundance. Pero antes de eso, conviene hacer un repaso a los cambios que tuvo que enfrentarse la industria del séptimo arte en la segunda mitad del siglo XX. Después de la época dorada de Hollywood, el cine europeo y los cines modernos de todo el mundo lideraron el cine del momento rompiendo con el modelo clásico. También hubo grandes cineastas americanos como John Ford o Robert Aldrich que cuestionaron la ideología del cine clásico desde las mismas entrañas de la bestia y los críticos de Cahiers du Cinéma fueron muy inteligentes reconociendo el valor y la autoría de muchos cineastas que trabajaron en la meca del cine. El modelo clásico no respetaba ni tampoco representaba la realidad, sino que enseñaba una versión idealizada y edulcorada de ella. La censura que ejercían todo tipo de organizaciones gubernamentales y civiles hacía muy difícil que la cruda realidad saliera a la superficie.
El mayo del 68 avivó la llama de la revolución. Los jóvenes pensaban fervientemente que a través de un nuevo lenguaje cinematográfico se podía transformar el mundo, y la crítica y los festivales como Cannes o Berlín encumbraron movimientos luego tan prestigiosos como la nouvelle vague. En aquella época todo parecía posible; “pidamos lo imposible” o “prohibido prohibir”, eran algunas de las más famosas reivindicaciones. Por ende, el cine hollywoodiense entró en una tremenda crisis y tuvo que aceptar a jóvenes cineastas como Scorsese, Coppola, Lucas y Spielberg para que la fábrica siguiera funcionando. Porque al fin y al cabo lo único que importaba era obtener beneficios. En momentos de flaqueza hay que hacer concesiones y ceder a la voluntad del pueblo, y eso es lo que hizo la industria. El pueblo estadounidense pedía con todas sus fuerzas que se pusiera fin a la injusta guerra de Vietnam y el movimiento de los derechos civiles y políticos parecía imparable. Las minorías étnicas, en general, y los negros, en particular, y los homosexuales, las feministas… luchaban por un mundo más justo y reivindicaban con orgullo su diferencia. Hollywood tuvo que aceptar que en sus películas se trataran temas tan polémicos y espinosos como el sexo, la violencia, las drogas y el pacifismo.
Desde sus inicios el cine de los grandes estudios se basaba en la división del trabajo y como tal se le conoce mundialmente como la fábrica de los sueños. Henry Ford producía coches en sus fábricas, y de la misma manera los estudios que empezaron la andadura en California hacían películas como si fueran coches. En el Nuevo Hollywood Scorsese, Coppola y compañía no estaban de acuerdo con esa filosofía, ya que producían sus propias películas y cada uno defendía su visión de ver el mundo y el cine. Pero el Nuevo Hollywood apenas duró 10 años, y después los estudios volvieron a recuperar su posición hegemónica. Jaws (Steven Spielberg, 1975) fue el primer blockbuster que arrasó en taquilla y a partir de ese momento Hollywood apostó por las superproducciones.
En el Hollywood clásico hacían un montón de películas cada año, pero eso se había acabado. De ahora en adelante se centrarían en la producción de determinadas películas, y esas películas se harían con presupuestos desorbitados. Y para atraer a la gente joven a las salas necesitaban gastar un dineral en publicidad y en promoción y por ello no es extraño que a día de hoy algunos estudios gasten mucho más en promocionar el producto que en el producto mismo. Esa manera de entender las cosas deja bien claro el espíritu de nuestra época; el objeto no tiene ninguna importancia, sólo importa el aura y la representación que se tenga de ella. Los resultados de taquilla del primer fin de semana son los que marcan la diferencia; si empieza recaudando mucho se prevé que va a ser un éxito. Hollywood se sintió todavía más cómodo cuando Reagan llegó a la Casa Blanca en enero de 1981. La política de Reagan fue muy agresiva y el cambio también se hizo notar en el cine. Con la exitosa película First Blood (Ted Kotcheff, 1982) el todopoderoso Rambo llegó a las salas de todo el mundo defendiendo la guerra de Vietnam e incriminando a la sociedad civil estadounidense por no apoyarla.
En esa situación donde la industria hollywoodiense era hegemónica el cine independiente era algo totalmente marginal. Las distribuidoras obtenían más beneficios comprando y distribuyendo películas extranjeras de autores consagrados como Bergman, Fellini o Malle, y en aquella época nadie apostaba por el cine independiente. Era impensable que alguien pudiera hacerse rico distribuyendo cintas indies. La gente que se dedicaba a ello era porque amaban el cine por encima de todas las cosas y les encantaba el cine que no tenía nada que ver con Hollywood. En los años ochenta hicieron su debut Jim Jarmusch, John Sayles y Spike Lee (hoy cineastas reconocidos), pero sus películas no tenían influencia en la opinión pública. No existía público para ese tipo de propuestas. Los independientes no tenían dinero para gastarla en publicidad, y por ello la gente no se enteraba de que existía un cine diferente hecho por sus conciudadanos.
El auge del vídeo y la creación de empresas como Cinecom o Orion fueron beneficiosos para el movimiento del cine independiente. Los videoclubs necesitaban llenar sus estanterías sea como sea, y les daba igual si las películas eran buenas o malas. En ese contexto el cine independiente tenía una considerable ventaja respecto al cine extranjero, ya que la gente no quería leer los subtítulos. La primera película de Sayles titulada The Return of the Secaucus 7 recaudó 2 millones de dólares. Esa cantidad era un dineral hasta que llegaron los hermanos Weinstein y revolucionaron la industria.
Down by Law (Jim Jarmusch, 1986)